por Miguel Alpire

Un día en Lhoar, los inmemoriales zarjhúnos, despertaron con una extraña inquietud, y no, no sabían definir la naturaleza de aquella extraña sensación que los embargaba, pero sí sabían que, fuere lo que fuere, dejaba profundas huellas en cada uno de ellos, y era frustrante el darse cuenta de que, aun siendo los más poderosos entre los Inmortales Primigenios, no pudiesen encontrar la raíz y la solución para tan inquietante “padecimiento”.
Y he aquí que aquellas insidiosas sensaciones invadieron hasta a las mentes de los más prodigiosos entre todos ellos, sensaciones que a medida que transcurría el tiempo, fueron convirtiéndose en un recalcitrante malestar que por mucho tiempo llevaron a cuesta en su largo existir.
Muchos eruditos del conocimiento arcano de aquel entonces, fueron consultados al respecto, sin que pudiesen brindar respuesta alguna que los sosegase, lo cual, los condujo a realizar terribles actos fenoménicos que conmocionaron sus mundos; todo ello, en el intento de subsanar aquella inesperada impronta en sus vidas.
Pero al parecer, nada había que pudiese llenar aquella acuciante sensación de zozobra e iniquidad que carcomía sus entrañas.
Pero un buen día, sucedió que de repente la lucidez vino a ellos, y aquella inquietud cobró sentido revelándoles la razón de sus padecimientos, permitiéndoles distinguir el rostro del perturbador pensamiento que los atormentaba: ¿CÓMO PREVALECER EN EL TIEMPO?
¡Necesitaban respuestas!
Y en virtud de encontrar tales respuestas, optaron distintas y duras medidas hasta para consigo mismos.

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Las antiguas “Crónicas de Ornella” nos cuentan, que algunos de ellos vislumbraron en lo más profundo de sus sueños, que debían de emprender largos viajes en busca de respuestas, de modo que, en aras de sus urgidos anhelos, muchos optaron por transformarse en deslumbrantes astros aquel día.
E investidos con sus nuevas semblanzas, de inmediato emprendieron largos viajes por el cosmos.
Se dice que estos príncipes astros marcharon en dirección de aquellos profundos abismos que conformaban por entonces los mares del infinito, por cuyos desiertos lares, por mucho tiempo los vieron merodear, hasta consumirse en las nacientes corrientes oceánicas del tiempo; aunque hay quienes afirman todavía que, aún en los tiempos que corren, se suelen divisar sus resplandores en los oscuros contexto de los confines.
Lo cierto fue que, en aquellas cambiantes corrientes oceánicas, fue en donde extraviaron el camino de regreso al hogar.
No obstante, los zarjhúnos jamás desistieron de sus propósitos, por lo que, pronto otros tantos se alzaron para emprender también sus viajes; a éstos, por mucho, mucho tiempo se los avistaron por las nebulosas rutas que iban marcando las nebulosas a su paso, hasta desparecer arrastrados de repente, por fuerzas gravitacionales de lejanas constelaciones del mapa celeste.
¿Qué había ocurrido con todos ellos?, se preguntaban hundidos en sus propias desesperanzas, ateridos ante la incertidumbre de no saber cuánto les deparaba más allá de los oscuros confines.
¿Es que acaso estos valientes viajeros en su vagar errante por el cosmos, habían encontrado la ruta interestelar que conduce al Alto Eryal? ¿Es que acaso, habían encontrado los dominios de aquel de quien se dice es “luz en la luz y es tiniebla en las tinieblas”? ¿Por qué no retornaban?, se preguntaban absortas sus miradas en los caminos.
Lo cierto fue que ninguno de todos ellos regresó jamás por las rutas que marcharon, ni por ninguna otra que se haya sabido

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nunca; cuyas huellas, con el transcurrir de los tiempos también acabaron perdiéndose en la memoria de los tiempos.
Se dice, que, al presenciar tan terribles hechos, muchos zarjhúnos se sumieron en profundo silencio, destilando tan solo amargura y dolor allí a donde fueren, que llevaron sus tristezas a tal extremo que muchos extinguieron su fulgor, y acabaron petrificados y yertos en su agonía; en cuya consecuencia, al fin desistieron de sus fútiles empeños.
Fue entonces cuando, un rumor crepitó en el seno de Lib’Eól, cuyos vientos estelares trajeron consigo voces y siseos que el Señor de los vientos, había recogido en su vagar por el cosmos; apagados clamores que brindaron nuevas esperanzas a sus ateridos corazones.

––Nuestros padres no han fenecido, tan solo, han extraviado el camino de regreso a Lhoar ––dijeron en coro una tarde un grupo de jóvenes zarjhúnos subidos en lo alto de las almenas que guardaban por entonces las puertas de Üthúm, allá, en el reino de Xión. ––Marchemos pues en sus búsquedas ––dijeron oteando las etéreas rutas serpenteantes que se perdían por el lejano horizonte.

Y encaminadas sus energías en dichos propósitos, bajo la triste mirada de sus congéneres, marcharon a hacia luz crepuscular de aquel día; marcharon dejando tras de sí brillantes estelas a lo largo y ancho del éter, siguiendo las antiguas rutas interestelares que habían tomado sus antecesores.
Según atestiguan las más longevas de las cronistas del universo, éstos, en el fondo también guardaban la misma inquietud que sus ancestros, que éstos, también necesitaban respuestas.
Por ello, dirigieron sus pasos en dirección de otras lejanas latitudes, allá, por los sombríos reinos de D’Moss; los reinos de aquel de quien se dice, pacía a los abominables abyzz’drakhúm que guardan los insondables abismos de los confines.

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Por largo tiempo allí se debatieron contra las fauces de aquellas abominables bestias, hasta sucumbir a sus malsanos influjos; condenándose también ellos mismos de aquel terrible modo, a los brazos del olvido.
Consternados ante tales calamidades, ante el dolor de sus pérdidas, muchos zarjhúnos, nuevamente optaron por apagar sus fulgores, pero otros más avezados y aguerridos, más bien convirtieron sus entidades en llameantes guerreros, y jurando vengar a sus congéneres, fueron a estrellarse cual asteroides, contra los altos muros de los oscuros reinos de D’Moss.
Se dice que fue en aquella cruda contienda, donde los gusanos del éter “devoradores de mundos” acudieron al llamado de los abyzz’drakhúm, que fueron ellos quienes arrojaron a los zarjhúnos tan lejos de las murallas de D’Moss, más allá de los confines, en donde, según las crónicas de aquellos tiempos, sus yertos cuerpos llegaron a conformar los mundos de los oscuros reinos del Gran Nexo.
Pero entonces ocurrió aquello que de pronto vino a alentar los ánimos de los zarjhúnos, aquello que trajo a ellos grandes esperanzas; aquello que maravillaron sus ojos y ensalzaron sus espíritus.
Un día, en que subidos en lo alto de las torres de Lohar, observaron con estupor como uno de ellos, arrastrado por el dolor, se arrojaba al gran vacío, y contrario a cuanto otras veces ocurría en tales circunstancias, advirtieron con gran estupor, que su cuerpo eclosionaba de un modo que era capaz de producir enormes energías sísmicas; energías que, casi al instante, convulsionaron el ámbito.
Y he aquí que, cuantos más se arrojaban al vacuo abismo que les rodeaba, de algún modo inexplicable, sus materias no se diluían en el tiempo como otras veces, sino, que estallaban en ondas expansivas, produciendo grandes fuerzas xiónicas que conseguía dilatar en gran medida los cimientos del universo; en cuya consecuencia, ante sus asombrados ojos, la magnitud del espacio

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cósmico iba expandiéndose de un modo inexorable y… sobrecogedor.
¡Por fin, allí estaba la respuesta!
Se dice que, fue aquel extraordinario suceso el que trajo al fin a los zarjhúnos sosiego a sus almas, que fue en aquellas tectónicas explosiones que se sucedían por doquier, en donde vislumbraron la manera de llegar a cumplir sus más anhelados deseos: perpetuarse por siempre y para siempre en el tiempo.
Fue pues en las llamas que se propagaron por los horizontes encendidos, donde todos ellos concibieron que con sus “muertes”, llegaban a formar parte de algo realmente grandioso; lo cual, sin más dilación los condujo a “vaciarse” literalmente al mar de las imponderancias.
Tras aquello, sobrevinieron inquietantes hechos cataclismos, hechos que sin embargo, llegaron a significar “el fin del gran comienzo”, y el principio de una era, de una nueva composición que vino a llenar los insondables vacíos del infinito.
Fue de aquel modo inenarrable, como las energías nucleares de los zarjhúnos llegaron a expandirse de tal modo que, conformaron el nuevo esquema del espacio infinito, conformaron el gran éter del espacio cósmico; en cuyo honor, las civilizaciones que sobrevinieron a todos ellos, denominaron el Gran ZarjhúnÔvilung.

Nota del autor:
Fragmento extraído del libro “Crónicas de Ornella” – Dekhalyón I

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