Caminaba confundido y desanimado, consolado con la idea de merodear por aquellas callejuelas cerca de la avenida más cercana, que sin duda, me traían recuerdos infinitos, cada fachada en su forma colonial, con floreros coloridos y abundantes en las barandas, con ancianas sentadas en sus mecedoras haciendo su siesta a las cuatro de la tarde, no olvido ese aroma que destilaba el pan caliente, el tintico recién preparado servido de la olleta al pocillo de esos con dedicatoria que regalan los viajeros cuando vuelven de su travesía y los boleros de Julio Jaramillo que hacía sonreír y llorar a aquellas almas refugiadas en el alcohol.

No olvido la alegría que contrastaban los niños que corrían de esquina a esquina gritando ¡viva el partido del pueblo! ¡viva el libertador! Esas simplezas hacían de mí un ser satisfecho, de cierto modo, lleno de esperanza por mejorar ese entorno en el que mis padres labraron su vida; también recuerdo mucho cuando caminaba por esos barrios del norte, mal olientes, donde las putas ancianas y demacradas se ofrecían para que solo les hicieran el favor sin necesidad  de pagarles, pues con solo quitarles la calentura les servía más que los tres pesos que ganaban con esa moneda devaluada desde hacía ya varios años; yo mientras tanto pateaba cuanto marica tarro de gaseosa y agua encontraba por aquellas callejuelas, maldiciendo mi destino pero celebrando el poder que se levantaba en mi pueblo, pues la revolución se había apoderado por fin, tantos años de lucha resultaron hasta el último momento efectivos, aunque yo decía que ya era tarde porque solo cedieron el poder a las minorías cuando ya ésta mierda estaba perdida.

Entre mi andar y mi sentir que por cierto era raro porque tenía un pie torcido y con mis sentimientos ya habían jugado muchas veces, me fijé en una escena que estaba pasando unas cuadras más delante, dos policías estaban rodeando a un hombre de descendencia afro, le pidieron una requisa de manera altanera y dominante como acostumbran a hacerlo los policías en mi pueblo, el hombre que se dirigía a su trabajo descargó su morral, sacó cosa por cosa y la estrelló contra el suelo, gritando: ¡que ejta pajando con ete rajicmo, ejtoy cansao  de too ujtede!  esa segregación racial que genera un color de piel y más en semejante siglo lleno de modernidad lo llenaba de furia y resentimiento hacia sus semejantes, pues para él ese desprecio y forma de dirigirse a su integridad se debía por el color de piel que la vida y el destino le habían otorgado; barrenderos, prostitutas, recicladores y hasta indigentes salieron en defensa de este hombre, apedreando a estos representantes del estado, lanzando cuando madrazo se les atravesaba: ¡malparidos! ¡aprovechados! ¡tombos hijueputas! ¡requíseme a mí gonorrea! Y generando de esta forma un escudo humano para defender a ese pobre obrero que vivía al otro extremo del pueblo con su familia, en una granja improvisada con lonas verdes y techos de zinc,  llena de galpones de gallinas que perfumaban con su olor a mierda la iglesia pentecostés que quedaba cerca, el pueblo se le vino encima a la policía, mostrando su inconformidad en la única estación que por cierto estaba llena de viejos huecos y metralla que le habían dejado la guerra de hacía cincuenta años, la inconformidad tomó tanta fuerza que movió las vibras de hasta las veredas cercanas, pidiendo a gritos respeto e igualdad para todo ser humano perteneciente a una misma sociedad.

Lamentaba mucho lo que estaba sucediendo, por mi cabeza pasaban miles de cosas, pues estábamos sujetos a un estado que adiestraba “animales” para llamarlos policías, en un momento determinado me acerqué a la estación de policía mucho más y les grité ¡delincuentes! que todos merecíamos un respeto digno, que en este país la violencia y desigualdad se debía acabar, consideraba que una situación de racismo en un país latinoamericano nos compete eliminarla a todos, que los derechos están para proteger al ser humano no para denigrarlo, la gritería siguió tomando fuerza que la destitución de estos dos policías se hizo de inmediato, no sin antes pedir disculpas públicas ante mi pueblo desconocido de ese país sin nombre que acababa de fundar lo que ahora en el mundo se conoce como: Protesta social.

Wilson Villamil
Lic. Humanidades y Lengua Castellana

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Wilson Villamil Sr Mi vida esta en una constante reconciliación entre el bien y el mal, la vida y la muerte, la forma y el caos. Por eso al escribir se despliega ante mi un mundo en el cual nada esta perdido.

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Mi vida esta en una constante reconciliación entre el bien y el mal, la vida y la muerte, la forma y el caos. Por eso al escribir se despliega ante mi un mundo en el cual nada esta perdido.

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