Autora: Patricia Castañeda

Miró para ver el hilo de sangre recorrer el suelo empedrado, éste púrpura nacía de entre sus piernas, cerró los ojos golpeando su cabeza sobre la pared, ¿cómo diablos era posible?, ¿en que estaba pensando?, !ese maldito hombre! Se tocó el abdomen, aun tenia puesta la bata de satén blanco y su pelo estaba recogido en un moño, curiosamente no despeinado del todo, sabia como mantener un buen peinado aun en situaciones de desgracia, sonrió para sí misma, aquel hombre no se había llevado todo de ella. Intentó no recordar su risa, rasposa y ese forcejeo de 10 minutos, ¿cuánto necesitaba un hombre para poseerla?, eso siempre le preguntaba su tía, a lo que ella respondía: dependiendo de cuanto tiempo que se tome en darme placer. Se levantó aun temblándole todo, y sin contar con su rostro, hervía de coraje. Se acomodó el pelo e hizo exactamente lo que no haría una víctima en su caso, siguió sus huellas. Si una mujer usaba toda su artillería para seducir a un hombre, ella sabía muy bien como dar un escarmiento, era temida. Alcanzó su moto, era tan estúpido el tipo, que luego de ultrajarla se iba a tomar al bar, ella comenzó a sonreír, no había nada mas delicioso que comer testículos aun temblando en el cuerpo de un hombre aterrado. Entró al bar bañada en sangre entre las piernas, con el pelo aun en un moño recogido alto y su bata de satén; estiró sus manos preparando sus uñas, en el momento en que él está totalmente distraído y bebiendo en una mesa casi sin poder gesticular palabra, totalmente rojo de ebriedad, ella se escondió bajo esa mesa y le estrujó el miembro hasta arrancarlo, el hombre tiró la mesa como pudo, sin entender que pasaba, ella se los llevó a la boca cuando aún tenia conexión con su cuerpo. La venganza estaba saldada.

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