Seis con cuarenta y cinco minutos de la tarde, es la hora de mi cita, la cual era más para mí único momento de regocijo total, que en si un planeado compromiso.

Allí estaba, sentado enfrente de mi vieja computadora portátil, leal escudara en muchos proyectos, la más prudente y confiable amiga que guarda algunos secretos, escritos y poemas comúnmente llamados información. La veía yo con algo que se asemejaba a la ternura, pues ahora está era la que hacía las veces de escenario para nuestro encuentro.
Seis con cuarenta y siete, » en línea » puede leer, de inmediato a través de la pantalla su rostro aparecía, la red se enlazaba quizá completamente ignorante que tal enlace me permitía un derroche de alegría inefable capaz de eliminar el tiempo, el dolor y sobre todo su fatídica ausencia.
Mis ojos respondían al estímulo de su imagen de inmediato, se dilatan, revelan emoción y el fin de una espera. De sus ojos también aparecía el llanto, sus lágrimas recorrían su piel, que por acuerdo mutuo, se convertirían en fugases caricias, excusa perfecta para omitir frase alguna que permitiera dar fin al llanto.

Pasan muchos minutos antes que un saludo irrumpirá el silencio, nos contemplábamos el uno al otro envuelto en un trance que pese al silencio podíamos entender por completo.

Pregunte por su día, los nuevos amigos, lugares a conocer etc, igual hacia ella, sólo que de cuando en vez se molestaba, argumentando que frituras con café negro no eran precisamente la correcta alimentación y obvio el respectivo correctivo llegaba con regaños y más regaños sobre el cuidado de mi salud. En si eran charlas cotidianas perfectamente sostenida por dos amigos, pero es que entre ella y yo no era necesario palabra alguna, frases cursis o cualquier oración de carácter afectivo.

Entre ella y yo solo bastaba el silencio, decían más nuestros ojos, nuestras miradas, existía una conexión sagrada y sublime que permitía expresar todo un amor incapaz de usar algún método cotidiano pero capaz de superar distancia, adversidad, caos, dolor, deseo y ansiedad. Era un amor diferente, alimentado por dos almas tan pasionales como las nuestras, en nada parecidas pero que compartían los misterios de la vida, entendíamos la magia que existe en el universo, la conexión intangible entre esencia y ser, los secretos que se revelen para aquellos que ven más allá. Entre ella y yo existe un amor sujeto a la esperanza, aferrado a la idea de coexistir, pese a toda adversidad.

Jamás entenderé esto que me pasa solo disfruto de su compañía, pese a que nos separan 4662 kilómetros de distancia, ella está conmigo, ella me reconforta, en ella encontré mi esencia, la misma que me hace encontrar el verdadero lugar que debo ocupar.

Julian Riaño
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