Autor: Wilson Villamil

Ustedes me perdonaran que lo plantee así, de una manera poco formal como lo amerita el tema, pero ¿qué pasa con la educación en nuestro país? ¿Acaso somos muy ignorantes? Voy a hablar sin tapujos; el panorama de la educación en Colombia es aterrador, cuando uno lee el periódico y ve que este país no supera la educación de países que tienen un poco más de un millón de habitantes, entristece a cualquiera, no lo digo por las estadísticas ni mucho menos, pero ser calificado como el país “más feliz del mundo” nos tiene fuera de contexto, muchos hermanos compatriotas creen que el país simplemente es un himno, una bandera y un equipo de futbol, desdichadamente eso nos ha llevado al fracaso, de qué sirve todo eso si nuestro intelecto es fantasmal, está aquí y a la vez no está.

Entonces yo me pregunto ¿qué puede faltar en un país en el cual la lectura es malísima y donde cualquiera se cree intelectual y se las da de poeta? Pues seamos críticos y comencemos a darle un recorrido a este sistema educativo; primero que todo no hay cobertura ni calidad, la cobertura quiere llegar todos los rincones del país y educar la mayor cantidad de gente, el estado propuso semejante cosa, y saben ¿qué paso? Se embutió a toda la gente que se pudo en las mismas instalaciones sin ampliarlas y sin contratar profesores. Entonces el estado le da un vistazo a la posible falla y los primeros que salen al ruedo, son lógicamente… los profesores, según ellos es porque no se puede medir su desempeño, es innegable que no todos los profesores son buenos, existe desde el monótono aburrido hasta el revolucionario nihilista, para el estado ser profesor es el descampadero de muchos desempleados. Entonces vemos que la educación está en el nivel más bajo, pisoteada y violada por falta de aquello que nunca nos enseñan; la pertinencia, saber lo necesario para enfrentarnos al mundo aterrador que muchos de los que están aquí, ven nacer subidos en un bus con destino a su trabajo, antes de seguir juzgando quiero que lean este texto en el cual he trabajado estos últimos meses:


Nos han hecho pensar como quieren, ver lo que ellos quieren, basar nuestras ideas en autores que ni conocemos y en pocas palabras… ser los humanoides que actúan sin aquello que compone nuestro interior “la esencia”. Sí, aquello que va ligado a la naturaleza y por tanto nos hace diferentes de las demás especies, saben ¿por qué? Porque los seres humanos piensan, razonan, crean, tienen sentimientos, creencias,
mitos, concepciones del mundo, lo cual da como resultado aquella esfera de la espiritualidad humana. Esta es la dimensión que fue forjada durante miles de años para diferenciar y poder afirmar que aquello que compone al ser humano es lo social, biológico y espiritual. Pero… aún me queda una pequeña duda, aquello que nombré líneas atrás, sí eso que nos hace débiles o fuertes y de lo cual en épocas contemporáneas ni se habla: lo romántico, aquello que en el siglo XVIII aquí en América motivó a Jorge Isaacs y por allá en Europa le dio aquel impulso y lucidez al mismísimo Victor Hugo, se está marchitando, el postmodernismo es el ocaso del amor hacia la revolución, la vida, los animales, la naturaleza, los pensamientos lúcidos y en pocas palabras… hacia todo. Entonces yo me pregunto: si en este pequeño fragmento del universo que llamamos hogar no existen las ideas de cambiar esta triste mentalidad, convirtiéndonos en románticos, y poder afirmar que “Son los sentimientos y no las ideas las que cambian el mundo” como diría Schopenhauer y así forjar las ganas de conocer aquello que desconocemos como lo es la sabiduría y la locura, con eso y sólo con eso, simplemente nos preguntaríamos ¿qué sentido tiene vivir? ¿Por lo material? En algo tenía razón Andrés Caicedo cuando afirmó que este mundo va en decadencia y tristemente no sobra la pregunta ¿para qué vivir? Si aquello que nos hacía felices ya no está. Fernando Vallejo, el viejo déspota, que ama los animales, ateo, que odia la iglesia, infeliz, que se expresa en la retórica de sus libros y discursos al son de hijueputasos, define a la felicidad en unas palabras poco usuales en él, las cuales dicen así: La felicidad es como una pompa de jabón que da visos, pero no bien uno la mira se revienta. Uno tiene que ser feliz sin saberlo. ¡Qué iba a saber yo que de niño era feliz! Más aún: que iba a saber que lo era de viejo.

Hace algunos meses escribí un ensayo que llamé “Fugases en su eternidad como los temporales” trataba de aquello que antes del siglo XX al romanticismo ni le importaba y que el positivismo no logró medir o calcular con sus estadísticas; en ocasiones lo leo para recordar de lo que estamos hechos, escribí sobre los sentimientos, sin duda, existe una parte de aquel texto que me gusta mucho y deseo compartirla ahora mismo… “La vida es un camino extraño, nunca sabemos hasta donde nos pueda llevar, hay un sentimiento que manipula lo que somos, nos obliga a pensar de una forma insensata y nefasta”. Aunque parezca mentira usted como lector y yo como escritor (aunque no merezca ese gran título) lo ocultamos, retóricamente es como una solitaria que se alimenta de nosotros, robando toda la fuerza vital y energía cósmica que poseemos, les hablo del cáncer que carcome a esta sociedad: el odio, el sentimiento que mueve el mundo; ha creado imperios y también los ha desplomado, ha creado las más grandes historias y también las ha hecho trisas, recordemos a Romeo y Julieta del gran Shakespeare ¿no creen que se merecían otro final? Por lo menos uno feliz… las grandes historias hablan y encontramos que somos las marionetas que alimentan aquel sentimiento cruel y mezquino.


En muchas ocasiones reflexiono y me pregunto si en un país tan hermoso, con sus grandes bosques, sus hermosas praderas que alientan la imaginación, pero mejor aún, con sus habitantes tan capaces ¿tiene que seguir siendo la sirvienta de otros y así nunca salir del minifundio que está? Viviendo todavía en aquella edad media tardía traída por los conquistadores, colmada de violentos e ignorantes. Tristemente no hace falta buscar tanto el problema, porque este radica en que hay mucha gente, la cual es pobre, analfabeta y desnutrida. ¿Pero a qué se deben estas desgracias? Desafortunadamente, aquel doce de Octubre de mil cuatrocientos setenta y dos, la ruina de este país y peor aún, de este continente, entró en nombre de dios (con la biblia en mano) y en nombre de la reina (con espada empuñada) a devastar la sociedad ya planteada, arrasando con todo lo que se encontraba a la vista, asesinando a nuestros ancestros y quemando estas tierras tan hermosas, simplemente porque aquellos invasores no entendía que la moral para el nativo no era igual que para el hombre que acababa de pisar estas tierras. Siglos después, educaban a los que ellos denominaban seres sin razón, con el cristianismo, obligándolos a entender un lenguaje y unas costumbres que trían del que en poco tiempo sería el continente burgués, gracias a la grandiosa tierra virgen de América y a la regalada de España.

En el siglo XVII como se lee en la historia y no hay nadie que lo cuente mejor, aquí en nuestra hermosa Colombia se ofreció una educación improvisada, sin bases y con intereses vanos, primero la iglesia tenía el mando con sus monasterios excluyentes, que educaban si antes se les mostraba pureza en sangre. Luego la educación se encaminó sin ella y el estado tomó el control, dejando viuda a la iglesia, para con ello pasar por los grandes cambios que se vivieron en mil ochocientos ochenta y seis donde los grandes textos fueron censurados y para colmo, quemados. Años más tarde, para ser exacto en mil novecientos dos llegó la gran crisis donde los pobres abandonaron la escuela porque los recursos para ir, daban lástima. La educación no ha sido el fuerte de este país, cada día salimos a la calle y vemos que la indiferencia es quien le pone ritmo a la vida promedio de una persona, se educa menos y se maltrata más, por ello quiero contarles algo que viví, afortunadamente dio un giro a mi vida y gracias a ello estoy aquí, frente a ustedes:

Era el mes de Julio de hace algunos años, lo recuerdo bien porque fue en ese mes que conocí a un gran amigo. Como suelo hacerlo estaba caminando, admirando el mundo con aquella lentitud y belleza, parecía que la realidad jamás sería la que vivimos diariamente, allí no existían las rutinas ni mucho menos las obligaciones, el mundo se sentía diferente y mejor aún, mis pensamientos pesaban menos, eran tan livianos que tan sólo había en mí, algunas chispas de incertidumbre. Llegué a una gran biblioteca, oculta entre las calles de Chapinero, su interior era muy bohemio, su olor a café me hizo imaginar que estaba en el paraíso, su techo y paredes tenía hermosas pinturas, aunque suene exagerado, parecían hechas por el gran pintor Miguel Ángel, seguí por el pasillo y llegué a una pequeña sala, allí estaba un hombre sentado leyendo algo de Bukowski, noté en su cara esa sabiduría que representa un anciano con unas canas en la cabeza, me acerqué al sillón y saludé, era lógico aprovechar aquella oportunidad para descongestionar mi cabeza de aquellas dudas que me atormentaban por aquellos días la charla comenzó con el tema de la sociedad ideal que siempre se ha querido plantear, las buenas y malas críticas no se hicieron esperar, creía estar hablando con el sabio Tiresias de la vieja ciudad de Tebas.

Desde ahí entendí que somos como náufragos, sin rumbo y sedientos por la sabiduría que se esconde en lo más profundo de cada ser; fue allí donde me encaminé por la escalera de la curiosidad y el verdadero saber, no olvido que nuestras tertulias eran de Kant, Heidegger y Nietzsche, pero en cierto momento también me habló de un escritor que siempre admiré y respeté mucho, José Saramago, yo conocía algunos de sus libros, y hasta la vida de él que está plasmada en los cuadernos de Lanzarote, pero me faltaba lo mejor, aquel libro escrito en el año que yo nací y con el cual plasmó su genialidad, “Ensayo sobre la ceguera”. Pasaron algunos días y decidí obtener aquel libro, lo leí y ¡caramba! ¡Qué hombre tan loco! ¿En qué cabeza cabe pensar que en una ciudad todos quedaron ciegos, excepto una mujer? Realmente tengo que confesar que me sorprendí bastante al leer sin parar aquel libro y encontrar aquel sentido e impulso que me faltaba, Saramago habló conmigo, y me dijo aquello que aún en esa época yo no entendía. Somos carne, sangre, esencia, energía que fluye y seguimos siendo los animales dominantes que no estarán ciegos de los ojos pero sí de la mente…

Nosotros hemos perdido aquello que le da sentido a la vida y sin duda es la capacidad de sorprendernos, con el paso del tiempo nos importan menos los acontecimientos, el materialismo nos ahoga y no estamos preparados para ello. La escuela, nunca pretendió enseñarlo todo, sino aquello que la época consideró digno, dosificado de acuerdo con el nivel de desarrollo de los aprendices. Por eso no conocimos al Newton esotérico, sino al Newton físico; por eso la filosofía de nuestras escuelas fue casi solamente europea, porque el mundo no había disipado aquella cortina de humo que empañaba la mente de muchos, creyendo entender el entorno simplemente con lo que los ojos tenían a su alcance. Ahora bien y para concluir, estoy seguro que la educación no se basa en saber mucho sino en actuar mejor en este mundo.

Conozca al autor
Wilson Villamil Sr Mi vida esta en una constante reconciliación entre el bien y el mal, la vida y la muerte, la forma y el caos. Por eso al escribir se despliega ante mi un mundo en el cual nada esta perdido.

Sobre El Autor

Mi vida esta en una constante reconciliación entre el bien y el mal, la vida y la muerte, la forma y el caos. Por eso al escribir se despliega ante mi un mundo en el cual nada esta perdido.

Artículos Relacionados