“- ¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? -Le preguntó.
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses, y once días con sus noches.
-Toda la vida -dijo.” (Márquez, 1985, p.335)

¿Se puede amar o es necesario estar solos para realmente sentir el frío de la soledad envolviendo nuestros pensamientos y nuestro sentir?

Sin tan sólo un beso, una caricia o por lo menos un gesto alimentara el amor, sería maravilloso, amar sin ser amado en la juventud y aun así, seguir amando durante toda la vida sin recibir nada a cambio, se denominaría valentía. Pero la vejez llega sin ton ni son, llega sin avisar, mostrando todo lo que nuestro sentir guarda, colmando de amargura y resignación aquello que siempre fue una utopía lógica de la razón; el amor inalcanzable.

Nos encontramos en una época bastante crucial frente al sentir, nos enfrascamos en amar menos y razonar más, por ello esa sensibilidad del hombre frente a la vida, frente a la naturaleza y frente a las demás personas que rodean su entorno social se esfuma como si no fuera nada. Pero ¿Quién no ha sentido amor? Es innegable para nosotros (para el positivismo no) que los sentimiento mueven el mundo, traspasan fronteras, le dan un sentido y un ritmo diferente a la vida, por ello quien diga que jamás ha amado no conoce el sentido propio de la vida que lleva.

“Si soy como todos los demás, si no tengo sentimientos o pensamientos que me hagan diferente, si me adapto a las costumbres, las ropas, las ideas, al patrón de grupo estoy salvado; salvado de la temible experiencia de la soledad.” (Froom, 1956, p.23).

Un factor que no sobra recordar es la fidelidad; muchos siglos han pasado, miles de batallas se han desarrollado, infinidad de muertes han sido causadas por este valor que fue implantado pero jamás respetado ¿si no se es fiel a qué jugamos? No es coherente, puesto que siempre ha existido por hábito o mejor dicho por costumbre tener una o más personas a nuestro lado, somos seres sociales, aunque suene un poco generalizado el tema, todos por instinto queremos conocer mucho más de lo que hemos conocido hasta ahora. Nuestra existencia en este mundo no se hizo para vivir bajo la dependencia de alguien, estamos aquí para mostrarnos, para amar, pero no quiero defretecir con esto que debamos amar sólo a una persona, primero amémonos nosotros mismos, es el factor vital para poder amar al otro, si no existe esto, no podemos asegurar que estamos amando, porque si esto no se cumple, llega el egoísmo y forja lo que generalmente vemos a diario con la relaciones sentimentales; malos tratos, infidelidades, menos tiempo y un montón de cosas más.

Me cuesta mucho no pensar en el mañana, ahora soy un joven con expectativas grandes de la vida, soy un romántico latinoamericano y por ello los sentimientos me invaden demasiado, siempre me he preguntado ¿qué se sentiente amar en la vejez? ¿Realmente con tantas quejambres, amarguras y chocheras se puede? ¿Los sentimientos siguen o se pierden con los años? Es ahí donde el gran Gabriel García Márquez nos transporta, nos volvemos viajeros por medio siglo entre los sentimientos, querellas e incertidumbres del hombre, viendo aquello que nuestra mente nunca había imaginado, cuando la perseverancia es quien le pone ritmo a “el amor en los tiempos del cólera” porque ¡que cólera es amar!

La realidad de nuestra sociedad, se desdibuja frente a esta novela de García Márquez, tantos prejuicios, tanta discriminación entre clases sociales, tantos mal intencionados que existen ahora, hacen que la vida pierda un poco el sentido propio que se le ha otorgado, puesto que es el sentir quien le ponen ritmo a la vida, tanto así que nuestro diario vivir da muestras de lo que guardamos como mejor tesoro, los sentimientos.

“Ya llega el momento, cuando uno tiene una avanzada edad, después de los cincuenta que se le olvida a uno el amor, la mente ya no trabaja igual” dice Raúl Amado de 84 años sentado en la silla de un parque de Castilla-Bogotá. Se tiene la idea que lo único que se espera en la vejez es la muerte, que ya no se siente nada por nadie, que la vida ya no está para más. Pero realmente amar en la vejez es volver a ser joven, volver a sentir ese vacío en el estómago, pueda que sea lo mejor para la bilis, sin dejar de mostrar nuestros sentimientos, así como Florentino Ariza se sintió cuando vio por primera vez a Fermina Daza enseñándole a leer a su tía Escolástica, ese nerviosismo, esa esencia, ese amor a primera vista tenía que durar siempre y así fue, cincuenta y tres años, siete meses y once días la esperó. Llevando una vida miserable pero llena de esperanza fue lo que mantuvo viva la llama del amor en aquel hombre.

Un amor imposible. Mucho se ha dicho del amor y más cuando es inalcanzable, cuando el tiempo pasa, le da un significado más profundo a este tema. Nunca nos sentiremos tan miserables como cuando nuestros deseos y anhelos se alejan, cuando está en juego todo lo que somos y para colmo, no poder hacer nada, es lo que más conmociona al ser humano, marcando pasos hacia atrás y hacia adelante, buscando respuestas donde ya no existen más preguntas, pidiendo a gritos que la energía cósmica que nos mueve, descargue sobre nosotros un poco de paz y tranquilidad. Así vivía Florentino Ariza, cuestionando su entorno, tratando de olvidar pero jamás pudo hacerlo, ver pasar lo años y sentir que sin esa persona no había motivos para continuar.

“Está bien, me caso con usted si me promete que no me hará comer berenjenas” (Márquez, 1985, p.76) decía en la carta de aceptación de matrimonio por parte de Fermina Daza con destino a Florentino Ariza. Cuando se siente atracción ligera por una persona, cualquier acto de valentía es válido, así como eternizar un amor a través de las letras aunque fuese prohibido. Nos enfrascamos en buscar el amor en los demás, pero no vemos que el amor puede estar en todas partes, nos han inculcado que estar con alguien, es la solución a esa soledad que nos acompaña a todas partes, pero Florentino Ariza anula esta sugerencia y nos muestra que eso no puede ser tan cierto, estar con cualquiera, cuando se quiera es un acto puro de soledad interior, es la muestra clara de que las cosas no van bien, por ello el tiempo se encarga de encaminar eso que tanto deseamos, la atracción del universo encaja las fichas del rompecabezas y da forma a nuestros sueños.

“Quería ser otra vez ella misma, recuperar todo cuanto había tenido que ceder en medio siglo de una servidumbre que la había hecho feliz, sin duda, pero que a la vez muerto el esposo no le dejaba a ella ni los vestigios de su identidad.” (Márquez, 1985, p.271) Nos vemos al espejo y notamos que todo lo bello que la vida nos tenía, también lo ha quitado, así como diría aquella vieja canción del Grupo Niche: “Cuando el tiempo con su manto blanco, nos pinte el cabello y se acabe lo bello y los años que no admiten engaños nos dejen sin piel.” (Varela, 1990). Veremos qué queda de nosotros, es ahí cuando todo se nos viene en picada, puesto que la belleza es momentánea, fugaz, efímera. Para volver a sentir amor es cuestión de aceptar eso que ya no tenemos.

Con tantas chocheras y quejambres en la vejez se puede amar, es mejor sentir compañía, cuidar el uno del otro, pasar tiempo juntos es el mejor regalo que se le puede hacer a la vejez. No olvido aquel momento en que a través de la escritura García Márquez nos trasporta a un viejo bote que navega por el río Magdalena y dice lo siguiente: “Tomó tanto anisado que tuvieron que ayudarla a subir las escaleras, y sufrió un ataque de risa con lágrimas que llegó a alarmarlos a todos. Sin embargo, cuando logró dominarlo en el remanso perfumado del camarote, hicieron un amor tranquilo y sano, de abuelos percudidos que iba afijarse en su memoria como el mejor recuerdo de aquel viaje lunático.” (Márquez, 1985, p.332) Un amor de viejos, separados por el destino, pero unidos por el aguardiente, los boleros, el deseo y la vida misma.

Basado en “El amor en los tiempos del cólera” G.G. Márquez

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Wilson Villamil Sr Mi vida esta en una constante reconciliación entre el bien y el mal, la vida y la muerte, la forma y el caos. Por eso al escribir se despliega ante mi un mundo en el cual nada esta perdido.

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Mi vida esta en una constante reconciliación entre el bien y el mal, la vida y la muerte, la forma y el caos. Por eso al escribir se despliega ante mi un mundo en el cual nada esta perdido.

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