“Nadie puede librar a los hombres del dolor, pero le será perdonado a aquel que haga renacer en ellos el valor para soportarlo” Selma Langerlof 1858 – 1940

     Entonces me contemplo en mi espacio cautivo, un lugar donde los pensamientos se difuminan en un frio ambiente de serpientes venenosas, leones que aguardan al acecho de la fragilidad humana para reducir en cenizas la esencia del alma, enmarcada en las redes del cazador.     La frustración se abraza limpiando el sudor del miedo, se levanta la falda de las leyes prostituidas de la nación, una justicia pecadora que se renta en el cuarto menguante de la luna del barrio.

     Hay cazadores que vigilan el terreno árido y frio desde las altas murallas de acero y concreto, un espacio difícil y complicado de habitar, – ¡Dentro de estas altas murallas compurgo una sentencia dictada por un juez que ni su rostro conocí, en la maldita complicidad de un fiscal para joder mi vida y mi psicología! – ¡Cerrando el caso y cerrando mi vida! –  El tiempo colapsa junto conmigo marcando sus garras en mi cuerpo, mi mente y mi espíritu, denigrando mi esencia con la rabia de matar.

     ¿Cuándo fue que el hombre se olvidó de Dios? – y llega a mi mente la respuesta sensata justificando mi entendimiento espiritual, y percibo que fue cuando el hombre descubrió que Dios también sangra al ser exiliado a su distante cielo por la multitud que apenas puede reír en su escasa memoria lastimera.

     Sacrilegio es navegar contra la corriente, siempre hay alguien para joderte la vida lenta y dolorosamente – ¡La vida y la muerte ¡- ambas filosofan los paradigmas de su existencia y mis ojos lo han contemplado entre sabanas teñidas de su color purpura.

     Aunque mi alma continúa en la búsqueda del lenguaje alquímico que dirige al corazón, la interferencia de ciertos agresores espesa en cada derrota, dándome como resultado un exilio espiritual que se traduce en una verdad que niego y acepto sin saber por qué. En la triste nostalgia se asientan los paradigmas revelados de los cercos invisibles del furor humano.

     Desvío mi atención huyendo de mis pecados, huyendo de mi presente, me postro en el piso con las piernas aprisionadas en mi pecho, mi respiración se agita y un sudor frio recorre todo mi cuerpo – ¡No puedo más ¡- Grito en mi silencio, llegando a mis esos recuerdos de aquel momento que asesine al amor…

David Muñoz Muñoz Puerto Vallarta Jalisco, México.

Fragmento de novela Los gritos del Silencio … Autor David Muñoz Muñoz

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