Escrito por: Antonio Contreras

Sin duda una de las experiencias de viaje más interesantes que he tenido en mi vida hasta ahora ha sido la visita al misterioso Japón.

La lejanía geográfica de esta potencia asiática había creado una especie de barrera mental con mi limitada concepción occidental de las cosas; sin embargo, al regresar del otro lado del charco grande el panorama es distinto.

Artesón del Castillo de Nijo.

Artesón del Castillo de Nijo.

A través de cinco notas breves quiero compartirles un poco de la experiencia desde mi perspectiva.

Al Japón hay que sentirlo, sentirlo en todas sus dimensiones, percibirlo con todos los sentidos.

Hay que VERLO, ver la primavera en el congestionado Tokio, ver los cerezos floridos dando un espectacular deleite a los ojos como pocas veces he presenciado alguno. Ver los templos con esa característica arquitectura milenaria al lado de los altos edificios de cristal, y ver como se  mimetizan en una armonía silenciosa y en amistad con la historia es una experiencia única.

El respeto japonés por la tradición es uno de los valores más notables, ver cómo logra convivir la deslumbrante modernidad con la más antigua tradición es simplemente impresionante. Japón es el primer país monárquico que visito, y sí, yo también caigo a veces en esa curiosidad  y fascinación que genera la figura del Emperador; pero aún más que yo, los ciudadanos japoneses.

Shinjuku

Shinjuku

No pudimos ver a Su Majestad Imperial, pero si vimos su casa, el Palacio Imperial de Tokio toda una obra de arquitectura asiática que nos dejó en silencio mientras las observábamos al caer el son en la nación del sol naciente.

Santuario Yasukuni

Santuario Yasukuni

Así como el Palacio Imperial de Tokio hay un sinnúmero de edificios tanto modernos como antiguos que ofrecen un paisaje urbano único y un tanto surrealista; con una paleta de colores que los contempla casi todos. Repito a Japón hay que verlo.

El clima nos jugó una mala pasada en el trayecto de Kioto a Tokio, y no logramos ver el famoso Monte Fuji; pero estuvimos ahí al lado y eso también complace. Tokio, Hiroshima y Kioto son joyas culturales y pictóricas maravillosas, nunca olvidaré el frío de Miyajima, y la rudimentaria cafetería que decía servir café de Costa Rica. Insisto a Japón hay que verlo.

Los reflejos de luz del Pabellón Dorado, los artesonados del Castillo de Nijo y el Santuario de Istskushima son recuerdos que motivan un segundo viaje para cualquier viajero.

Pabellón dorado de Kinkaku-ji

Pabellón dorado de Kinkaku-ji

Espero poder contar con sus lecturas en la próxima nota sobre Jap

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Antonio Trana Contreras

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