Autor:  Julian Riaño

Cuando recibí la tarjeta de invitación al evento que acepté asistir, nunca imaginé que esa noche las cosas cambiarían por completo.

Muchos brindis, charlas de política, trajes de diseñadores, en si toda la burocracia que se encierra en este tipo de galas, de la cual no me sorprende ni me acostumbro. El turno para dirigirse al público le correspondía al presidente de la compañía, palabras tan predecibles como la cena que en pocas horas servirán, era lo que escuchaba. Aplausos y más aplausos a cada una de las intervenciones hasta llegar a mi momento.

Terminado mi discurso el cual reflejaba ansiedad, muy evidente por salir a la mayor prisa posible de la fingida atención de los asistentes, me dirijo lo más cerca posible al piano. Allí encontraba algo de tranquilidad escuchando “Para Elisa” melodía que el maestro tocaba con una paz absoluta, que, en su tonalidad más alta, atraía toda mi atención, y de la nada fue interrumpida cuando a lo lejos un destello de ella pude divisar.

Alzando mi mirada y rompiendo la concentración de la obra musical, la veía cruzar la puerta.

Usaba un vestido negro con apertura en su pierna izquierda, eran centímetros los que no le permitían llegar a su cadera, ceñido a su torso, escotado, un pronunciado escote capaz de llevarme delirio de su pecho, usaba brillo en sus labios tan rojos como los mismos pétalos de las rosas que a la entrada por donde ella cambia estaban y sus ojos más vivos que nunca. Hubo silencio, eso creo o quizá simplemente estaba atónito por su belleza.

De inmediato una copa le acercaron (predecible) que sujetaba en su mano derecha con interesante glamour. A medida que se acercaba, mis manos temblaban, mi mente en blanco, el corazón a punto de salir del pecho y un nerviosismo muy particular. Que puedo decir estaba preciosa.

Brindamos por el reencuentro, no dejaba de sonreír, nunca perdía su sensual porte, ocasionalmente me provocaba con ojos, esas miradas que despiertan bajos instintos.

Cenamos, bailamos y bebimos, acompañados siempre de las miradas y los susurros de los presentes.

Tu erotismo, el mismo yo desperté hace años, sigue aun domando mis deseos. – le dije al oído al momento del baile.

Y tú voz sigue siendo la llave que desata la muestra encadenada por tus propias cadenas, aún recorre todo mi cuerpo, altera mis sentidos y tanto me aferra a ti.

¿Por qué te fuiste?

No lo sé, pero sé que he vuelto por ti, busque de todas las formas respuestas que solo reposan en tu mente, cuerpo, emociones y locura. Recorrí universos prohibidos entendiendo que lo prohibido eres tú. No preguntes por mi pasado pues del busco escapar sólo bésame sin remordimiento alguno…

A si fue, ante el asombro de todos nos besamos. Que placer sentí, no era nada diferente, sólo volvía a besar al amor, a mi amor, el mismo que me dejó aprender de mí, con el sufrí noche tras noche, por el cual daba mi vida sin dudarlo, el que por tanto tiempo esperé.

-Ven conmigo

No dude, hechizado seguí sus pasos, salíamos sin importar nada, del evento del cual yo era el homenajeando. No tenía idea donde íbamos, pero si sabía que al seguirla caería en un abismo, sinónimo o verdad que representaba un inicio o un final de mi existencia.

 

Julian Riaño

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